
Ayer falleció la mamá de una de mis amigas. Tenía cáncer de páncreas y estaba muy enferma. Tenía sólo 46 años. Pasó de un día para otro. Mi amiga estaba destruida. Quién no lo estaría. Era mi mamá, me decía cuando la abracé. Era mi mamá, y lloraba. No encontraba consuelo en nada ni en nadie. Me acuerdo que la última vez que la vi fue para mi cena de egresados, el 13 de diciembre del año pasado. Me acerqué hasta donde estaba sentada y la saludé con un beso. Que linda estas, que lindo vestido, fue lo último que me dijo. Gracias, fue lo último que le respondí. Y después... nunca más nada. Esas últimas palabras me quedaron guardadas... no sé porque. Será porque durante toda mi infancia fue como una segunda madre para mi. La conocía desde los 4 años. Vivía más en casa de mi amiga Noelia que en mi propia casa. Hacíamos unos líos tremendos, pero después ordenabamos todo. Su mamá era un ángel, y espero que Diosito la esté cuidando ahora. Se va a sentir un vacío muy grande en esa casa una vez que pase el tiempo. ¡Qué difícil es decir adiós! Por eso prefiero decir hasta luego. Las despedidas son promesas de nuevos encuentros. En el cielo nos reencontraremos.